

La privatización de la guerra
La guerra es uno de los negocios más lucrativos del planeta, privilegio que comparte con la industria del sexo y el tráfico de drogas. Esta industria mueve anualmente 100 mil millones de dólares, no es de extrañar, entonces, que también operen en su seno las leyes de la explotación capitalista, con todo su libre mercado incluido. La privatización de la guerra es una realidad que, aunque oculta, empieza a mostrar ciertas verdades. Estos combatientes, sin dios ni bandera, que han hecho del arte de matar su oficio macabro, son la solución práctica a los nuevos desafíos bélicos que se avecinan.
Los mercenarios han existido desde el comienzo de los conflictos armados. Ellos no van al frente defendiendo el honor mancillado, la patria invadida, ni nada que se le parezca, pues son soldados que combaten por un salario o recompensa. Estos “trabajadores de la muerte”, también llamados “perros de guerra”, han proliferado en los últimos conflictos, especialmente desde la Guerra del Golfo. La razón es simple, son mucho más “económicos” y funcionales para los países que los soldados regulares.
Como las leyes del capitalismo lo mandan, ellos asesinan por contrato, es decir, venden su fuerza de trabajo por un sueldo, eso sí, reciben un salario mayor que un soldado común, pero a la larga, salen más baratos. Ellos vienen con formación militar, entonces el ejército no gasta nada en entrenamiento y capacitación. Tampoco reciben seguridad social; cuando termina su contrato se van sin jubilación y sí caen heridos o pierden la vida, no hay indemnización alguna.
Pero lo más peligroso y que vulnera cualquier tratado internacional, es que al no ser soldados regulares de un país, no están regidos por ninguna convención, es decir, pueden torturar y matar a destajo y nadie los puede vincular al país que prestan servicios, pues es una empresa privada quien realiza los “trabajos”. Negocio redondo y en eso los yanquis llevan la delantera, la mayoría de las empresas contratistas son norteamericanas.
Las guerras de intervención por parte de las principales potencias, encabezadas por EEUU, se han intensificado en los últimos años. Pero las cosas han cambiado desde la guerra en Afganistán. Innumerables acontecimientos ha obligado a reformular las estrategias y políticas bélicas, especialmente en Norteamérica. Un primer síntoma de esto es la falta de reclutas, lo que sumado a las limitaciones de las leyes humanitarias en la guerra (miedo a los tribunales internacionales), y a la oposición de una buena parte de los ciudadanos estadounidenses a mandar a sus jóvenes a la guerra, provocó que se intensificara la contratación de soldados privados, principalmente ex uniformados calificados, es decir, cuadros formados en operaciones especiales, tareas de inteligencia y actividades policiales en zonas hostiles. A estas nuevas adquisiciones las han denominados con eufemismos tales como contratistas, consultores, especialistas o escoltas, pero en realidad son la nueva cara de los mercenarios de antaño.
Nuevos datos, aportados por los propios países en conflicto, corroboran los hechos. Mientras que en la primer Guerra del Golfo (1991) había un mercenario por cada cincuenta soldados regulares, actualmente hay un mercenario cada diez militares.
Pero estos verdaderos ejércitos privados realizan otras labores paramilitares, tales como guardaespaldas de altos ejecutivos y empresarios, tareas de inteligencia, protección de instalaciones productivas, como pozos petroleros, minas de diamantes u oro, interrogatorios a prisioneros y un sin fin de otras actividades. Países como Bosnia, Pakistán Ruanda y Liberia son algunos de los que han conocido los servicios de estos mercenarios.
Asesinos del fin del mundo
Actualmente se calcula que en Iraq hay unos 18.000 mercenarios de muchas nacionalidades, las principales son , estadounidenses, bosnios, sudafricanos, indios, australianos, británicos y latinoamericanos, entre ellos, más de cien chilenos, en su mayoría ex militares y ex civiles de los servicios de seguridad de la dictadura de Pinochet. Ellos trabajan para la empresa Blackwater USA y el nexo en Chile es la empresa local grupo táctico.
También han probado suerte mercenarios chilenos en Haití, pero la experiencia no fue la mejor. De ello dieron cuenta el pasado mes de septiembre 25 de ellos, quienes fueron reclutados para formar parte de una empresa de seguridad encargada de resguardar los hogares de los gerentes de la compañía de telefonía celular "Digicel". La mayoría de ellos regresó al país denunciando irregularidades y compromisos no cumplidos, como sueldos impagos e inferiores a lo pactado. Todos acusan a Héctor Rojas Saavedra como el hombre que los contactó para llevarlos a Haití, personaje ligado a la armada y a la ex CNI.
La mayoría de los que van a pelear una guerra ajena lo hacen por los suculentos sueldos que se ofrecen, pero en este negocio macabro no todos son iguales, mientras el sueldo promedio para los sudamericanos fluctúan entre los 2500 a 5000 dólares, los mercenarios norteamericanos cobran de 9.000 a 12.000 dólares mensuales. Pero como en toda actividad laboral siempre existen explotados, los más mal pagados del continente son los peruanos, que se les cancela 1.000 dólares al mes, mientras la empresa contratista se lleva 30.000 dólares por cada efectivo peruano.
La guerra es un negocio de los poderosos, no cabe duda. Y un negocio demasiado rentable como para perderlo por falta de mano de obra. Al final, la solución está a la mano, libre mercado también para la muerte.

