
Contaminación, depredación y explotación
Las tres caras de la industria del salmón
Nuestro mar austral se está convirtiendo en un gran basural. Así lo demuestra la investigación realizada por los científicos de la Universidad Católica del Norte, Martín Thiel e Iván Hinojosa. Cuatro años de estudio permitieron establecer que la basura no sólo compromete la biodiversidad marina, sino también la salud de las personas ante la eventualidad de consumir productos contaminados.
Entre los volúmenes de basura flotante encontrada, destacan el plumavit, que al particularse es ingerido por peces y aves acuáticas, las botellas y bidones plásticos y los sacos de alimentos para el salmón. Los responsables de esta situación son varios: las salmoneras, los cruceros que navegan por la zona y los distintos criaderos de choros.
Según el mismo estudio, la basura se está trasladando –producto de las corrientes– desde Chiloé a la región de Aysén y la Patagonia. Aunque no se pudo comprobar, los científicos alertaron que los desperdicios de las salmoneras –abandonadas en la X región– también podrían trasladar y propagar el virus ISA hacia zonas australes.
Las salmoneras
Pero no sólo existe basura en la superficie del mar. El fondo marino, el menos estudiado hasta hoy, ha tenido que soportar una explotación sistemática de la industria del salmón.
Luego de los embates del virus ISA, que dejó por las cuerdas la industria exportadora de este preciado pez, se evidenciaron las primeras voces de alarma. Según estudios de la ONG Ecoceanos, los desechos orgánicos, los nutrientes en la alimentación (fósforo y nitrógeno) y el abundante uso de tóxicos y colorantes que se aplican en la salmonicultura, han provocado un daño enorme en todo el fondo marino, con graves consecuencias a la fauna, al ecosistema, al ambiente y a la salud humana.
Sin embargo, el problema en el sur del país no termina ahí. A todo lo anterior, se debe agregar que el salmón es una especie introducida a nuestras aguas. Una especie depredadora, que se alimenta de otras especies; por ello, a los pescadores artesanales les alarman las continuas noticias que hablan de la fuga de miles de peces desde las jaulas-criaderos, sospechosamente en el mismo tiempo en que se declarada la emergencia del virus ISA.
El salmón es un pez que se alimenta de otros peces. Su alimento en cautiverio se compone, fundamentalmente, de harina y de aceite de pescado. En Chile se produce alimento peletizado para el salmón coho (Oncorhynchus kisucht), salmón del Atlántico (Salmo salar) y trucha arco iris (Oncorhynchys mykissharina, que se obtiene de otras especies como el jurel –disminuido en gran parte de las costas de Chile– y otras especies. Según el economista Marcel Claude, “para producir un kilo de salmón al menos se necesitan entre 3 a 5 kilos de pescado natural para producir el alimento que los salmones requieren. Entonces, si en Chile se producen 500 toneladas de salmón, se necesita al menos convertir en alimento un millón y medio de toneladas de pescado natural. No es despreciable entonces el impacto sobre los ecosistemas naturales”, señala.
Para proveer de alimento a la industria salmonera, entra a operar otra maquinaria destructiva; la pesca de arrastre. Actualmente, esta forma de pesca arrasa con la vida marina dentro y fuera de nuestras costas, al mismo tiempo que se ha convertido en el verdugo de la pesca artesanal.
Chile se ha convertido, en los últimos años, en el segundo productor mundial de salmones y truchas del mundo, ubicándose entre Noruega y Japón. Pero lo que pasa con esta multimillonaria empresa es lo mismo que sucede cuando estalla algún problema económico; los ricos empresarios nunca pierden. Afectados por el virus ISA y luego por los embates de la crisis financiera, se llevaron sus capitales y ganancias al exterior o más al sur del territorio, cerrando fábricas y dejando a cientos de compatriotas sin trabajo. Tal es su descaro que no se molestaron en sacar las jaulas, las que hoy adornan las aguas australes como fantasmas de un pasado exitoso.
Esta industria solo otorga logros y éxitos a sus dueños. Continuas fueron las denuncias sobre explotación de hombres y mujeres, de la subcontratación y la precariedad del trabajo. Más inconfesables sus prácticas de soltar peces infectados para deshacerse de los problemas, argumentando falsamente la rotura de las redes y jaulas de contención.
Y la cosa no es mejor desde la competencia, sus pares europeos, especialmente noruegos, acusan que los salmones nacionales poseen, en relación a los producidos en sus tierras, grandes cantidades de hormonas y antibióticos.
La última vela en este entierro la puso el gobierno, con su proyecto que pretende una velada privatización del mar chileno. De este modo, la Comisión de Pesca y Acuicultura de la Cámara de Diputados aprobó –el pasado miércoles 13 de mayo de 2009– , el proyecto de ley que cambia el estatuto jurídico de las concesiones de acuicultura, con el fin de que estas puedan pasar a ser propiedad de sus actuales usuarios, es decir, las empresas salmoneras.
Para los comensales del gobierno y los empresarios, el salmón es un exquisito plato en su mesa, para el medioambiente y los recursos naturales, un depredador que arrasa con un patrimonio que nos pertenece a todos.
Pablo Villagra Peñailillo