
Al final ganan siempre los mismos
Muchos se preguntan que está en juego en esta elección, ¿el sistema económico?, ¿la participación popular o ciudadana?,¿la exclusión o marginación de las grandes mayorías en las decisiones trascendentales para el país?. Lo cierto es que a pesar de los discursos de cambios, de una u otra coalición, nada de eso va a pasar. Los compromisos con una gobernabilidad pactada con los milicos y los empresarios no lo permiten.
Quizás no lo ha notado, pero todos los candidatos, sin contar a Piñera, son o vienen de la matriz concertacionista, incluido el candidato comunista, el ex socialista Jorge Arrate. Todos ellos fueron parte de la coalición que ha gobernado el país desde la Dictadura de Pinochet. Ellos tuvieron su momento, y no dijeron nada sustancial. Arrate como ministro, Enríquez como diputado. Pero hoy, enfrentados como candidatos, disparan toda su artillería “progresista” para captar el voto descontento de un porcentaje de chilenos.
En la otra acera, dos conocidos de siempre, Eduardo Frei y Sebastián Piñera. Estos dos candidatos tienen mucho en común, por ejemplo, los dos provienen de familias demócratas cristianas, ambos votaron por el NO, y los dos apoyaron la Dictadura Militar. Eduardo Frei, incluso, regalo sus joyas personales y donó parte de su salario a los milicos. Pero los dos tienen malos antecedentes. Nadie se pregunta como Piñera amasó su fortuna, con que negocio se quedó y a quien estafó para obtener su fortuna. De la nada pasó de ser empleado del Banco de Talca a inversionista de numerosas empresas, todas las cuales recibieron importantes préstamos de la entidad bancaria donde Piñera trabajaba. A la larga, los desfalcos sepultaron al Banco y el empresario se hizo millonario de la noche a la mañana.
Frei no se queda atrás, pues antes de ser presidente era un prospero empresario, con inversiones en el mundo de la ingeniería, forestal, la construcción y el comercio (Ingeniería y Maquinarias Limitada, Viviendas Económicas Inmaq, Sigdo- Koppers Comercial Limitada, Ingeniería Sigdo-Koppers Limitada y Sigdo-Koppers Forestal Limitada), pero antes de asumir vendió su participación por un monto total de 149.887 UF ($ 2.631.000 dólares), algo más de 6 millones de dólares actuales. Pero la cosa no fue como se dijo, pues Frei pensó triquiñuelas con su esposa para crear sociedades de inversiones y seguir en sus negocios.
Nada cambia con estas elecciones, porque nada trascendente está en juego. Los cuatro candidatos nunca han pasado hambre, no han estado sin trabajo, no han vivido en casas Copeva, tampoco viajan en las latas de sardinas del Transantiago. Los cuatro candidatos no pasan las mismas pellejerías y abusos que los pobres, porque son parte de una elite, son parte de una casta privilegiada, de una clase que vive en barrios acomodados “de Plaza Italia para arriba”.
En época de elecciones afloran las sonrisas fáciles y las promesas descartables. Enríquez, deslenguado por esencia, crítica a la Concertación, de la que formó parte hasta que no lo dejaron competir en las primarias (lo más probable es que sí lo hubiesen dejado no habría renunciado al Partido Socialista), y aparece con un berrinche, su candidatura presidencial. Digamos las cosas por su nombre, su acción sólo era un saludo a la bandera, una forma de manifestar su crítica al sistema. Pero la cosa prendió y se les escapó de las manos, relevante fue el papel de la prensa de derecha, que vio la excusa perfecta para quitar votos al candidato concertacionista y lo transformó en su estrella número uno. Sin partidos que lo apoyen o un movimiento social que lo sustente, su candidatura sólo expresa el descontento al interior de la Concertación, pero está lejos de ser una alternativa de gobierno. Lo más patético y triste es la extraña participación de ex militantes de la Izquierda en dicho proceso, dando cuenta del llamado “síndrome de la derrota”. Es decir, en la imposibilidad de hacer política real, intentan aferrarse a lo que sea, incluso a la desteñida figura del hijo de un revolucionario de verdad.
Mientras tanto, Frei anuncia el cambio de la Constitución del 80 y remata con la incorporación de la temática Gay en su campaña. Sí hasta se pelean con la Iglesia, cosa impensada hace un par de años en la DC.
A la cola del tren, como siempre, Arrate y el Partido Comunista haciendo concesiones y transando lo que sea para entrar al selecto grupo del poder. En ese empeño se comprometen con la Concertación para frenan las demandas populares y las movilizaciones sociales desde sus espacios, y con ello, asegurar su ingreso al parlamento y a los futuros pactos.
Al final nada está en juego en las elecciones, porque todo está previamente conversado y pactado entre ellos.
Mientras tanto aumentan los no inscritos y la sensación que estos procesos no resuelven los verdaderos problemas. Al final van a ganar los mismos, una minoría que concentra el poder político-económico. Pero para que esto cambie no se necesitan elecciones, sino una alternativa revolucionaria que exprese los derechos y anhelos populares. Una alternativa que apueste por las mayorías y no por autorreferentes reciclados de una izquierda con demasiados vicios. La alternativa debe ser fresca, clara y directa, la alternativa debe ser amplia y revolucionaria y no marginal y aislada. Mientras no surja una alternativa verdaderamente popular, lamentablemente seguirán gobernando los mismos de siempre.
Participar en las elecciones, en este contexto, es legitimar un sistema antidemocrático y excluyente.